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Una vuelta al mercantilismo

De FUNDACION ICBC | Biblioteca Virtual

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La Nación, Suplemento de Comercio Exterior, 27 de marzo de 2012

Por Julio Carlos Lascano

Europa tiene en vilo por estas horas al mundo entero.

Algunos líderes de ese continente preferirían dejar a Grecia librada a su suerte, como castigo por haberlos engañado con una contabilidad de fantasía que maquillaba demasiados números en rojo. Pero otros advierten, no sin razón, que de ese modo terminarían hundiendo a la Unión Europea y a su zigzagueante moneda única. Creen que si no hacen algo más para salvar a Grecia la crisis podría extenderse a Portugal, y antes o después a España y quizás a Italia.

Alemania y Francia debaten por estas horas cómo salvar a los bancos europeos, severamente contagiados por la crisis financiera y económica que estremece a los países mediterráneos, y sacan cuentas de la ayuda que podrían darle a Grecia antes de que sea demasiado tarde. Una ayuda que deberá provenir inevitablemente del bolsillo de los contribuyentes europeos.

Del otro lado del Atlántico, la economía de los Estados Unidos viene padeciendo los efectos de la crisis generada por el descalabro de las hipotecas y el derrumbe de numerosos bancos americanos que siguió a la ruina de Lehman Brothers. Brotan también allí, como antes en España, filas de indignados que protestan contra el sistema que los ha dejado sin trabajo, sin vivienda y sin ahorros, pero quizá peor aún, sin esperanzas de un futuro mejor.

Del otro lado del mundo está China, la previsible potencia mundial del siglo XXI, dispuesta a tomar el liderazgo declinante de los Estados Unidos cuando se presente la ocasión. Los Estados Unidos han sido la potencia indiscutible de casi todo el siglo XX y lo son también en lo que va de este siglo. En su momento reemplazaron a Gran Bretaña en la cima del poder mundial, del mismo modo que los británicos lo hicieron con Holanda y esta última con España en el decurso de los siglos anteriores. Pero la economía de los Estados Unidos no pasa por un buen momento, y todo el mundo lo percibe. De confirmarse los vaticinios, podría perder el cetro mundial en la primera mitad de este siglo.

No sería raro, pues, que ante la severa crisis que padece el hemisferio norte las miradas acusadoras se vuelvan hacia China, y que pronto se le enrostre buena parte de los males que padecen las economías desarrolladas.

Relacionar las penurias de Europa y América del Norte, entre ellas la desocupación de sus trabajadores, con el crecimiento frenético de las exportaciones chinas, no es un razonamiento ajeno a numerosos líderes políticos y empresariales, de modo que los chinos han hecho bien en asociarse a la Organización Mundial de Comercio (OMC) para protegerse de los inevitables ataques que sobrevendrán contra sus productos más competitivos.

En la reciente Reunión Mundial de Derecho Aduanero celebrada en agosto en Buenos Aires, uno de sus panelistas, la jueza Jane Restany, del Tribunal de Comercio Internacional de los Estados Unidos, resumió todas las investigaciones que lleva adelante ese tribunal en materia de dumping y otras prácticas desleales del comercio en tres palabras: China, China y China.

Pero la OMC se encuentra atravesando un momento de extrema debilidad institucional. Hace años que viene fracasando en los intentos de convocar a una nueva ronda de negociaciones, especialmente debido a la insistencia de los países en desarrollo de no negociar nada si Europa y Estados Unidos no se comprometen seriamente a terminar con los subsidios a la producción del campo. Pero para estos últimos, sumar a la crisis actual el descontento de los productores agrícolas por la eventual eliminación de los subsidios sería como echar baldes de nafta para contener un incendio. De modo que la prédica del libre comercio de la OMC no encuentra demasiados adherentes en esta etapa crítica del mundo.

Mientras tanto, los países del Mercosur, afiliados a una unión aduanera no menos inverosímil que la contabilidad de los griegos, están expectantes ante lo que pueda ocurrir. Algunos de sus líderes creen, con fervor o inconsciencia, que la crisis mundial no afectará a la región, y como la cigarra del cuento, descreen de la necesidad de prepararse para los malos tiempos que podrían avecinarse.

Peter Drucker pensaba que el antiguo mercantilismo de naciones se iba a convertir, en algún momento, en un "mercantilismo de bloques". De un lado, la UE, como el bloque más estructurado, y del otro, el Nafta, dominado por los Estados Unidos, tratando de abarcar todo el hemisferio occidental (o al menos a América del Norte y Central).

Cada bloque busca eliminar los aranceles y restricciones no arancelarias que traban la libre circulación de mercaderías en su interior. Pero al mismo tiempo, se vuelven más y más proteccionistas hacia afuera.

El proteccionismo más extremo, decía Drucker, apela a normas sobre agricultura y la protección de los ingresos agropecuarios, pero es seguro que va a generar un proteccionismo similar para los obreros de la industria manufacturera, y por igual motivo: se están convirtiendo en una especie en vías de extinción, víctimas de la productividad.

Si esta visión se confirma, la crisis actual potenciará esas tendencias y las trabas a las exportaciones chinas al hemisferio norte se irán volviendo más y más frecuentes, dificultando la colocación de sus productos en los mercados más apetecibles del mundo.

Los efectos de este neomercantilismo serán sin dudas negativos para nuestra región, no sólo para China. Aunque algunos de esos productos podrían aparecer aquí a precios de dumping , no sería eso lo peor, sino la caída de los niveles actuales de la producción china y una probable desaceleración de su crecimiento.

Si pensamos que el crecimiento de nuestra región a los niveles inusuales de la última década obedece en buena medida a la incesante demanda china de productos primarios, pronto podría caer el precio y el volumen de las exportaciones de la región.

Algunos países del Mercosur, por otra parte, están replicando las trabas que la Argentina viene empecinadamente instalando contra la importación de numerosos productos, incluyendo los originarios del Mercosur.

Brasil comenzó a responder con la misma medicina y esto ha generado inquietud entre los industriales argentinos, que tienen en Brasil a su principal mercado de exportación. El Mercosur practica así un mercantilismo antiguo, de naciones, entre abrazos y felicitaciones de sus líderes por el éxito de un proyecto que cada vez parece más lejos de alcanzar los objetivos de integración delineados en el Tratado de Asunción.

En definitiva, asistimos a un mundo amenazado por el mercantilismo, sea de bloques o de naciones, un experimento fracasado del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII que vuelve a nuestros días con un nuevo discurso y nuevos protagonistas. Pero en el fondo no es más que un juego peligroso en el que algunos jugadores pretenden sacar ventaja arruinando al vecino, sin darse cuenta que de ese modo todos podrían terminar perdiendo la partida.

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